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¿Qué es un ictus o embolia?


Un ictus, también llamado accidente cerebrovascular o embolia, es un trastorno brusco de la circulación cerebral, que altera la función de una determinada región del cerebro.

El ictus puede producirse tanto por una disminución importante del flujo sanguíneo que recibe una parte de nuestro cerebro como por el efecto inverso, una hemorragia originada por la rotura de un vaso cerebral. En el primer caso, hablamos de un ictus isquémico o infarto cerebral y son los más frecuentes (el 85% de los ictus son de este tipo); en el segundo caso, hablamos de ictus hemorrágico o hemorragia cerebral, son menos frecuentes y, aunque ocasiona más muertes, a medio plazo suelen presentar secuelas menos graves que los ictus isquémicos.

Las consecuencias del ictus, sea de un tipo u otro, depende de la intensidad y de la zona cerebral afectada. Sin embargo, más del 60% de las personas que sufren un ictus fallecen o sufren una discapacidad grave como secuelas.


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Cómo detectar un ictus

El tiempo es una variable que puede condicionar la presentación de mayores secuelas. Los signos que pueden alertarnos son:

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¿A quiénes afecta?

El ictus es un problema de salud que puede resultar altamente incapacitante y mortal. Actualmente, este trastorno es más común en edades avanzadas. El 75% de los ictus ocurren en personas de más de 65 años.


1 de cada 6 personas puede padecer un ictus. En España, cada 6 minutos se produce un ictus, de ahí la importancia de prevenirlo.

Factores de riesgo asociados a un ictus

En la actualidad son bien conocidos los factores de riesgo más relevantes del ictus. Algunos de ellos, por su naturaleza, no pueden modificarse.

FACTOR DE RIESGO
Edad A partir de los 60 años el riesgo de ictus es mayor.
Sexo / género En general, el ictus se da más entre los hombres que entre las mujeres, aunque la mortalidad es mayor en estas últimas.
Raza La raza negra americana presenta cierta predisposición a padecer un ictus.
Antecedentes familiares Una historia familiar de ictus ofrece cierta predisposición genética.
Hipertensión arterial Una tensión arterial elevada (tanto la máxima como la mínima o ambas) debe ser controlada porque aumenta el riesgo de ictus.
Cardiopatías isquémicas Enfermedades cardíacas de origen arteriosclerótico (ej. infarto de miocardio o la “angina de pecho)
Fibrilación auricular Esta arritmia cardíaca multiplica por 5 el riesgo de sufrir un ictus.
Tabaco El consumo de tabaco se asocia a la arteriosclerosis y a las enfermedades del corazón, y por tanto, a un aumento del riesgo de ictus.
Diabetes mellitus Aumenta el riesgo de ictus porque obstruye los vasos y éstos están en todos los órganos importantes del cuerpo. Hasta el 20% de las personas que han sufrido un ictus son diabéticas.
Ataque isquémico transitorio (AIT) El paciente puede sufrir transitoriamente todos los síntomas con los que cursa un ictus establecido aunque éstos desaparecen sin dejar ninguna secuela. Un AIT previo aumenta el riesgo de sufrir un ictus.
Alcohol y otras drogas Aumentan el riesgo.
Anticonceptivos Parecen aumentar el riesgo de ictus si se suman otros factores, sobre todo el tabaco o padecer otra enfermedad vascular o cardíaca.
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El riesgo de ictus en la fibrilación auricular

Sufrir fibrilación auricular supone un importante factor de riesgo de ictus, ya que esta arritmia aumenta el riesgo de ictus isquémico en aproximadamente 5 veces. En España, entre el 11% y el 20% de los ictus que se producen son causados por la FA.

Sin embargo, ¿a qué se debe este riesgo tan elevado? Pues bien, la contracción incorrecta de las aurículas hacia los ventrículos hace que puedan quedar restos de sangre en las aurículas, formando coágulos. A veces, estos coágulos tienen el riesgo de desprenderse del corazón y viajar, a través de la circulación de la sangre, donde se quedan atrapados y obstruyen el riego sanguíneo. Si impiden que la sangre llegue al cerebro, las células cerebrales no obtienen el oxígeno que necesitan para sobrevivir, y es cuando se produce lo que conocemos como ictus isquémico. Los ictus debidos a la FA suelen ser más graves, incrementándose el riesgo de muerte (en un 20%) y de discapacidad (en un 60%). De ahí la importancia de prevenirlo.

Cómo prevenir el ictus en la fibrilación auricular

Lo principal es que su médico haya detectado y diagnosticado su arritmia.
Una vez se diagnostica la FA la clave es tratarla para reducir el riesgo de ictus. Una de las terapias utilizadas para la prevención del ictus en la fibrilación auricular es el uso de anticoagulantes. Los fármacos anticoagulantes retardan la coagulación de la sangre, es decir, no evitan que se forme el coágulo sino que lo retardan para que no se forme dentro de los vasos sanguíneos, haciendo más difícil que se produzca una trombosis o un ictus.

Existe un índice normalizado y universal conocido por sus siglas como INR, el cual permite determinar el tiempo que tarda en producirse la coagulación. En función de la causa que motive la indicación de anticoagulación el INR se deberá mantener en un rango u otro. Cuando la anticoagulación se indica para la prevención del ictus en la fibrilación auricular el INR se mantendrá en un rango de entre 2.0-3.0. Estar fuera de este rango supone un aumento del riesgo trombótico o hemorrágico, dependiendo de si está por debajo o por encima del INR recomendado, respectivamente. Esta es una de las principales complejidades del uso terapéutico de anticoagulantes, su estrecho margen terapéutico.

En la actualidad, existen diferentes opciones terapéuticas en el ámbito de la anticoagulación:


ANTICOAGULANTES ORALES CLÁSICOS
(ej. ACENOCUMAROL, WARFARINA)

Fueron descubiertos hace más de 70 años. También son conocidos como los antivitamina K, modifican la capacidad de coagular de la sangre inhibiendo la vitamina K, una sustancia que participa en el proceso de coagulación.

Los ACO clásicos presentan ciertas limitaciones:

  • Estrecho margen terapéutico (un paciente en FA anticoagulado debe mantener un INR de entre 2-3)
  • Inicio de acción lento (tardan unos días en hacer efecto).
  • Vida media larga (tardan unos días en desaparecer del organismo).
  • Presentan numerosas interacciones con otros fármacos.
  • Presentan interacciones con determinados alimentos (principalmente los que tienen altos contenidos de vitamina K).
  • Variabilidad genética y comorbilidad (otras enfermedades que tiene el paciente) a la hora de determinar la dosis.

La sensibilidad a los anticoagulantes puede modificarse en el transcurso del tratamiento, por lo que es imprescindible efectuar pruebas de la coagulación de forma periódica y adaptar la dosificación sobre la base de los resultados.

Con estas limitaciones es necesario realizar controles periódicos del efecto de los ACO clásicos, y el consecuente ajuste de dosis, en caso que sea necesario. Este aspecto resulta cuanto menos incómodo para el paciente, que debe acudir a su centro de salud u hospitalario, cada 4 a 6 semanas, a realizarse dicho control.

ANTICOAGULANTES ORALES DE NUEVA GENERACIÓN
(ej. DABIGATRAN, RIVAROXABAN, APIXABAN)

Son sintéticos activos por vía oral que se caracterizan por:

  • Ejercer un efecto inhibidor directo sobre los factores clave de la coagulación (la trombina y el factor Xa dependiendo del tipo).
  • Presentar un efecto anticoagulante inmediato, prolongado y predecible.
  • Ofrecer un tratamiento muy cómodo y seguro (dosis fijas que no requieren controles analíticos periódicos y frecuentes).
  • En la práctica habitual, ante situaciones no urgentes, la suspensión de estos fármacos entre 12 y 24 horas hace desaparecer su efecto anticoagulante y permite el adecuado manejo del paciente ante cirugías programadas o exploraciones invasivas.

Por ahora, este tipo de anticoagulantes no están aprobados para su uso en pacientes con valvulopatía. Además están contraindicados en pacientes con función renal muy reducida (caso de dabigatrán) y en pacientes con la función del hígado gravemente reducida o si padece alguna enfermedad del hígado que pueda ser mortal (caso de dabigatran) o en pacientes con una enfermedad del hígado que aumente el riesgo de sangrado (caso de rivaroxaban)

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Si usted está anticoagulado debe saber…



  • La protección frente a los trombos y embolias no es total, si se controla adecuadamente disminuye mucho el riesgo.
  • El objetivo del tratamiento anticoagulante es preventivo y no curativo. La anticoagulación no le va a solucionar ningún problema de salud que ya tenga. Para eso están los tratamientos específicos de esas enfermedades, a los que se añadirá el anticoagulante en determinados casos.
  • El beneficio que le proporciona la medicación es a costa de un pequeño riesgo hemorrágico, por lo que deberá colaborar para disminuir ese riesgo.